Raspadillas Garibay
Desde que tengo uso de razón, todos los veranos religiosamente mi papá me ha llevado a comer la raspadilla que el el siempre come desde antes de conocer a mi mamá. Son las Raspadillas Garibay. Según ellos tienen mas de 40 años haciendo raspadilla, y no lo pongo en duda. Son las raspadillas mas ricas que he probado donde todos los ingredientes parecen tener algo especial que lo hace irremplazable. Ahora se encuentra en la segunda cuadra de la Av. Las Américas en Balconcillo, La Victoria.
Son 4 sabores, Fresa, Coco, Lúcuma y Tamarindo. Hechos con miel, fruta y sabe dios que otro ingrediente que hace que el hielo adquiera nuevas propiedades. Se mantienen dos juegos de botellas en la mesa. Cada botella de un litro con una tapa de corcho con una muesca para que salga el jarabe al ser éste agitado.
El hielo es almacenado en una jaba llena de acerrín, si, acerrín. Ellos no creen en el tecnopor ni congeladoras. El acerrín permite que el hielo tenga un punto exacto para que pueda ser raspado a un grano preciso.
. Se lava el hielo pasándolo por dos cubetas de agua donde se remoja inicialmente el areccpin y en otra la remojada final para poder ser ingerido sin mayor preocupación
De acuerdo a la hora y el día uno puede ser atendido en 5 minutos como puede encontrarse con una cola de 45 minutos. Cada año la cantidad de público que cude es mayor y este año el crecimiento ha sido mayor que los crecimientos anteriores, ¿será parte del efecto Viral?. Escuché que Gastón Acurio paso por aquí lo cual debe ser causa de el público.
Al ser atendido hay que decir el tipo de envase que se quiere y los sabores. Al final todos son tan dulces que siempre pido con todo, aunque mucha gente prefiere sin fresa :roll:. El equipo consiste de 4 personas que preparan la raspadilla: El encargado de limpiar los hielos, la persona que da vuelta a la manibela de la raspadora de hielo y sirve los vasos o dulceras, el chico que se encarga de echar los jarabes y finalmente el “jefe” que recibe los pedidos, mantiene registro de lo que se ha pedido y se encarga de cobrar.
Los precios van desde S/. 2.00 por el vaso, S/. 2.50 por la dulcera hasta S/. 5.00 por el envase para llevar de 1 litro (tamaño pezziduri). Además puedes pedir chicha morada por S/. 0.60
Para abastecerse del jarabe en las cantidades necesarias, el Sr. Garibay conduce su carro ida y vuelta a lo largo del día en búsqueda de mas insumos. Los cuales deben durar para la jornada de trabajo desde las 9am hasta las 5pm por la temporada de verano.
Luego de haber disfrutado de la deliciosa raspadilla, no queda mas que acercarse a uno de los dos tachos de basura lleno de envases y resguardado de abejas y colaborar con la limpieza de La Victoria






sandro
October 25th, 2007
asqueroso deberian denunciarte…por insalubre y cochino…por eso los peruanos somos mas vistos …estudia y dedicate a otr cosa y bañate
anahi
November 27th, 2007
pobre Sandro, el se la pierde…es super vaioso y muy completo el registro que se muestra, ojala crezcan como deben para que una familia mas de peruanos usando su ingenio y creatividad puedan acceder y generar para otros mejores condiciones de vida…pobre sandrito no se da cuenta todavia que la violencia y la discriminacion son terminos de personas todavia elementales
Roxy
January 4th, 2008
Sin duda las mejores raspadillas de Lima. Ellos antes se encontraban en la av Palermo, recuerdo que era un paso obligatorio después de realizar tus compras y por dos veranos no supe a dónde se habían mudado, hasta que por gracia del destino los volví a encontrar en Las Américas, ahora con la novedad de las abejitas… Alli también suelen bajar toda la mancha de los jugadores de Alianza Lima, actores, políticos y Gastón Acurio, un lugar bastante respetado que mantiene su tradición. Saludos
Andres
January 21st, 2008
bueno te recomindo las raspadillas de la señora Elena”. esta en el Cruce de la Calle los Talladores y la Av. los Frutales ATE-Vitarte, Los recomindo son buenazos creo que supera a las del Garibay.
CODIGO 6
January 27th, 2008
San…drogo que seguro tu estas acostumbrado a tus milkshake o tus heladitos de laritza, pobre imbecil, que te creeras, tus pedos son ambientadores, que te alicinas, baja de tu nube o vete de este pais si no estas contento pobre diablo.
angel
January 30th, 2008
Hola, no entiendo bien eso de las abejas, y creo que si bien es cierto uno tiene derecho de pedir limpiesa , hay maneras de decirlo y sandro a demostrado una falta de educacion tremenda.
Terminator10
February 5th, 2008
Sandro eres un atorrante de M! para que te culturices ignorante de M, el mismisimo Gaston Acurio fue y felicito al raspadillero. Asi q la proxima vez q vuelvas a escribir cojudeces, voy te busco y te saco la CSM!
Guille Donnay
February 6th, 2008
Para todos ustedes, especialmente para quien hizo este registro valioso y completo,Anahis, Roxy, Andres, Còdigo 6,Angel, Terminator 10, y el errado Sandrito, les inserto el reportaje de Milagros Leiva de el diario El Comercio:
Saludos,
ELCOMERCIO.COM.PE
28 de enero de 2008
CONTRACORRIENTE
La raspadilla está más viva que nunca
Historia de una dulce herencia
Por Milagros Leiva Gálvez
Una semana antes del 29 de diciembre compra siete cirios blancos y sube al autobús que lo lleva a la parroquia del Señor de Luren en Ica. Hace diecisiete años empezó su tradición. Lo hace porque su madre le enseñó que debía pedir permiso a Dios para trabajar. No pide dinero, tampoco milagros, solo pide licencia divina para raspar el hielo. Su madre lo hizo desde 1960 hasta que murió, hace diecisiete años, siempre una semana antes del 29 de diciembre, siempre con siete cirios blancos. Si como dicen en el principio fue el hielo y luego la raspadilla, en esta historia en el principio fue Graciela y luego su único hijo José.
Pero hay más coincidencias o más bien herencias: el cuarto domingo de febrero no trabaja porque así lo decidió su madre. Y no lo hace porque hubo un tiempo en que salir el cuarto domingo de carnaval era simplemente entregarse a la demencia: no había forma de vender. Así es José. Cuando le preguntan quién es el dueño de Raspadillas Garibay indica que Chelita, es decir, ‘La Jefa’, es decir, Graciela, es decir, su madre muerta. Cuando le preguntan por qué sigue vendiendo raspadillas después de cuarenta años responde que su señora madre le encargó el negocio antes de partir. Que le tiene que cumplir.
UNA RASPADILLA, POR FAVOR
Entre enero y marzo de cada año, lo primero que hace José al levantarse es abrir la cortina de su habitación y mirar el cielo. Si hay cielo despejado, avisa que llegará a las diez; si hay nubarrones, dos horas después. Su carretilla se abre con Armando Garibay, el hermano mayor de su madre que vigila el dinero en su ausencia. Si hay nubarrones, no se preocupa porque la cola será corta y su tío, que es como su padre, podrá llevar la cuenta sin marearse, pero cuando hay cielo despejado su aterrizaje a la esquina de la primera cuadra de Las América con la Vía Expresa debe ser rápido y seguro. Máximo a las diez porque los pedidos pueden turbar al tío. El verano pasado José cumplía su rutina, pero su dulce se encargó de cambiar sus hábitos:
Era sábado, si mal no recuerda. Vio cielo nublado y anunció arribo para el mediodía. Cuando llegó a su puesto la cola de sus clientes daba la vuelta a la manzana, y su tío Armando andaba más raspado que el propio hielo. El día anterior Gastón Acurio había dicho en su programa de televisión que la mejor raspadilla de Lima era la de José y que le apenaba que muchos dulceros todavía no la conocieran. Bastó esa sentencia para que la cola creciera. Su éxito es visible: uno puede llegar cualquier día de la semana (menos el cuarto domingo de febrero), a cualquier hora (entre las nueve de la mañana y las seis de la tarde) y tendrá que hacer cola para comer la raspadilla Garibay. Dos soles el vaso, dos soles cincuenta el plato. Cuatro sabores. Coco con leche, tamarindo, fresa y lúcuma. Cuatro jarabes de receta secreta que es la verdadera razón de la demanda.
Ironías de su vejez, hasta hace seis años José solía comer tres platos de raspadilla con coco y leche y lúcuma al día, pero una mañana médica le detectaron diabetes, y ahora peca solo una vez. No puede evitarlo; quien prueba su hielo dulce quiere repetir. ¿Puede haber alguien que no guste de las raspadillas? José sonríe. Hay gente que se empalaga, hay gente que se enfría. Su hija Chelita no es amante de su raspadilla. Es otra ironía.
LECCIONES APRENDIDAS
José Doria Garibay ya cumplió 57 años, tiene dos hijos a los que el hielo ha sabido mantener y varias lecciones que saca en bloque.
Primera lección: nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde.
Eso le enseñó su padre. Un obrero entusiasta, un hombre trabajador, que un Jueves Santo salió a la fábrica para cobrar su sueldo y no regresó. José comenzó a llorar a las diez de la noche. Algo ha pasado con mi padre, decía. A las diez y un minuto un amigo tocó su puerta para anunciar un accidente. José no se levantó de la cama una semana. No comía, no dormía, solo lloraba. Tenía 25 años y la culpa no lo dejaba respirar: nunca le había dicho a su padre cuánto lo quería, no había tenido tiempo para expresar sus sentimientos. Desde ese día no hubo noche en que se fuera a la cama sin llamar a su madre por teléfono para preguntarle cómo estaba, y no hubo día en que no apareciera por la carretilla para ayudarla. Así se enderezó. Hoy les dice a sus hijos que los ama. Así es mejor.
Segunda lección: No sirve engañar; la gente se da cuenta.
Fue en 1988. José, harto de la hiperinflación del gobierno aprista, le dijo a su madre que mejor batían el coco con leche ENCI, que la receta saldría igual. Graciela se negó. Con leche Gloria, siempre, le contestó. Antes de morir su madre le hizo prometer que no bajaría la calidad, que seguiría la receta. José le cumple: fresas gordas, lúcumas dulces, coco fresco y tamarindo de primera; no le importa pagar más. Si das calidad, el cliente regresa.
RESPETOS GUARDAN RESPETOS
A José le han dicho para abrir sucursales en centros comerciales. Astutos empresarios le han ofrecido sociedad a cambio de su receta. José ha prometido en sesión familiar que no dejará de vender al aire libre, porque esa es la gracia de comer raspadilla, que siempre comprará hielo en fábrica para no enfermar a nadie y que jamás de los jamases venderá la receta de su madre: este es un negocio familiar, y así se queda.
El sabor de sus raspadillas Garibay ha ganado tanta reputación que José ha hecho su propia estadística. ¿Cuántos clientes al día? ¿Más de 500? Misterio. “El 90% de sus clientes no son de la zona, vienen en carro y siempre repiten. Gastan más en gasolina que en mi raspadilla”, aclara José, y ríe feliz porque esa es la mejor recompensa al esfuerzo de su madre. Su conclusión final es que hay que ser agradecido. Al final del día limpia la cuadra para no tener problemas con los vecinos, y además del sueldo diario paga el almuerzo de sus colaboradores. Chifa, pollo a la brasa, cualquier antojo. “Nosotros apenas descansamos, y el esfuerzo siempre se agradece. Eso también me enseñó mi madre”. Al final de la temporada José vuelve a comprar siete cirios blancos y viaja a Ica para conversar con el Señor de Luren. No pedirá permiso, solo agradecerá. Eso también le enseñó su madre. Esa también es su herencia.
Guille Donnay
February 6th, 2008
Nuevamente, colaborando con otro articulo sobre la raspadilla, esta vez la publicada en:
“ EL PERUANO “ ROSTROS DE LA CIUDAD, Lunes 04 de febrero del 2002
UN COPO CON TRADICIÓN : por : ANTONIO MUÑOZ MONGE
Los pueblos andinos se enorgullecen de poder aprisionar en un puño el espíritu alto de los nevados eternos, esos celosos guardianes que en ocasiones descuelgan tragedias con huaicos inmemoriales.
Cuando llega el estío, las comarcas gozan de una fresca fiesta de colores.
En las pintorescas plazas de bancas hospitalarias y cantarinas fuentes, mientras el tiempo se detiene en un remolino de tierra, que gasta la memoria, se instalan los raspadilleros con enormes bloques de hielo, que cortaron a barretazo limpio de los costados del gigante pétreo.
Los chiquillos los rodean, los mayores también. Armados de cepillos de mano de filosas hojas aceradas, sacan virutas de hielo que luego se rellenan en soberbios vasos de cristal.
El espeso jarabe verde, rojo, amarillo tiñe despaciosamente la albura del copo de nieve.
Del Callejón a Chincha.
Saborear, por ejemplo, una raspadilla en los pueblos del Callejón de Huaylas es uno de los placeres que uno nunca olvidará; “es el hielo del Huascarán”, nos dicen con orgullo sus hijos. En Chincha no es el hielo de cumbres eternas lo que le ha dado fama a sus raspadillas; en esta calurosa tierra de negros zapateadores entran a tallar los sabios menjunjes criollos.
Hasta hace pocos años, camino al cementerio, uno encontraba al “Zambo” hacedor de una de las raspadillas más sabrosas.
Su secreto: el jarabe de hojas de higo.
Nada más y a sentarse con la camisa desabotonada, abierta a todos los vientos. La conversa grata,contagiosa, llena de historias, con gracejo pueblerino va y viene como el gentío que se agolpa alrededor del “Zambo”, nombre que ahora es una leyenda, como el maestro del fútbol “Chocolatín” Cornelio Heredia.
Chorreando arco iris de sabores.
Aquí en Lima, perdidos entre la barahúnda de sus calles, sufriendo el bochorno del verano, con las plantas de los pies que nos queman, jadeantes, laxos, llegamos ansiosos a pedir una raspadilla. Chorreando arco iris de sabores, el apretado cono de hielo nos quema las manos juguetonamente.
Inclinando el cuerpo, para evitar los goterones sobre la camisa, el pantalón, uno sorbe apresurado una bocanada amplia, que llena todo el gusto que traíamos desbocado dentro de uno.
O apoyados contra la pared, en esas esquinas de barrio, ahora algo nostálgicas en el recuerdo, saboreamos este oasis, este remanso.
Con la cucharilla disuelvo de a pocos el apretado puño de hielo, demorando el tiempo en la quimera de un futuro promisorio.
Al primer sorbo, nuevamente mi memoria se puebla de parques, de niños y de una multitud de raspadillas aldeanas, lejanas e íntimas, que abrazan mi cuerpo como si llegara hasta mí un cristalino y apacible río.
Pariente de la cremolada.
Allá en las serranías, la raspadilla se viste de ojotas, de “yanque”; aquí en la ciudad, de overol, de mameluco, de pañuelo que defiende el cuello de elemental camisa para que no se ensucie, de sed larga, extendida en todo el cuerpo, nostálgica. La raspadilla, pariente de la cremolada, de quien la separa un mostrador, un asiento, un local, es la más popular y democrática de las bebidas, la que atraviesa chacras y arenales, cemento y mayólica, la raspadilla es aire, sol, sosiego a gritos.
Me acerco al raspadillero y converso.
Cholo bueno, inocentón, sudoroso, viene de lejos pedaleando su triciclo. Se ha levantado temprano, ha madrugado, cuatro, cinco de la mañana, allá en Comas, Carabayllo, La Parada, San Juan, Villa El Salvador.
A su lado, su mujer, de trenzas negras retintas, sombra tierna que lo acompaña y lo ayuda, vende fruta y teje.
El hijo de ambos dormita como una esperanza, en un espacio de la carretilla a la sombra de plásticos y cartones. Cerca, a un costado, dos pequeñas bancas descansan el apurado y preocupado paso de los comensales, peregrinos multitudinarios de la inmensa y muchas veces indiferente ciudad.
Se piden más raspadillas y otra agradable realidad acaricia este momento que quiere ser eterno.
La eterna Lima sedienta.
Muchos años atrás, cuando en Lima se conversaba con tranquilidad, juguetona ironía de inteligencia, el saludo y los buenos modales eran parte de la cotidiana indumentaria y la bulla pertenecía a la edad de piedra, el hielo se extraía de los nevados de Cajamarquilla, Matucana, San Mateo, lugares en la ruta de la Carretera Central. Bloques cortados a barreno, envueltos en paja, sal y costales, se cargaban en burros pacienzudos para repartirlos por toda la Lima sedienta. Eran los días que en los hogares se preparaban helados con leche pura y donde llegaba una diaria cuota de hielo.
Tiempo después, numerosas fábricas alimentaron a un ejército de ambulantes que arremetían con el pequeño cepillo de mano ya en desuso, luego llegó la máquina de manivela de fabricación china y que todavía se la encuentra en algún rincón de Lima. Hoy en día, el hielo viene machacado en vaso desechable, caña sorbete, mezclado con jarabes insípidos cargados a la química y la raspadilla ya no lleva su primigenio y único nombre y se la quiere llamar snow cones, que es como decir nada, salvo el tan impersonal significado que nos avienta un diccionario inglés-castellano: “cucurucho de nieve”.
-”Habráse visto tanta majadería”, renegaban nuestros abuelos cuando las cosas se salían de
sus sitios.
Por suerte, esta lejanísima, extensa y viva sed, sacia sus ansias, porque en cualquier recodo del camino nos saldrá al paso una bondadosa y alegre raspadilla que nos demorará en el goce de un instante, recordando la nostalgia de lo vivido.
Se dice que el mismísimo poeta Abraham Valdelomar, que firmaba con el seudónimo del “Conde de Lemos”, que gustaba de los helados “Pistache”, herencia de José Santos Chocano, era un fanático de la raspadilla.
nicolcar
February 16th, 2008
El cono norte tambien tiene lo suyo, hace poco encontre un lugar bien interesante se hace llamar LA RICA MIEL, la verdad cada vez que puedo me doy mi escapadita para refrescar la calentura de este verano, execelente rapaspadilla lo recomiendo y esta a dos cuadras de la Panamericana norte justo pasando la interseccion Trapiche doblar a la derecha en paradero PROLIMA zona industrial, raspadilla LA RICA MIEL es bien conocida por esta Zona, imposible perderse.
alan ioto
April 28th, 2008
es asqueroso como lo preparan
alan ioto
April 28th, 2008
¿no vieron el reportaje que salio en television? ese señor garivay compra su hielo a un proveedor de hielo industrial no apto para el consumo humano, (las camaras de television le hicieron un seguimiento) El hielo para consumo humano esta hecho en base a agua hervida o purificada, en cambio el hielo industrial esta hecho en base a agua de caño en el mejor de los casos y agua estancada o reciclada. Es lamentable que los peruanos consuman porquerias, en los pobres se entiende, pero hay gente que tiene dinero y no sabe lo que consume. Gaston Acurio lo recomendo porque tiene un buen sabor, pero el tampoco sabia la procedencia de los insumos. Ahora vaya a saber de donde saca el jarabe que le da color a sus raspadillas. Para finaliza, en el informe ademas se vio que el periodista llevo una muestra del hielo de ese proveedor al laboratorio y el resultado fue que tenia coliformes fecales, para que me entiendan algunos caca.
alan ioto
April 28th, 2008
sigan defendiendo a su raspadillero jajaja. es imposible ya tapar el sol con un dedo. si comiste caca aceptalo no trates de ddecir que lo que dije es mentira porque el reportaje existe. salio en canal 2 si no me equivoco.
franco
April 30th, 2008
Informe de ATV Noticias
27 de Febrero de 2008
Hielo industrial contaminado es usado para preparar raspadillas
Más de uno habrá comprado y saboreado una raspadilla para saciar la sed en este verano. El mal sabor de estas raspadillas son los insumos que utilizan para llevar un delicioso bocado de hielo con jarabe hasta su boca.
Pero pocas personas conocen la realidad de las raspadillas, muchos de estos productos son elaborados con hielo industrial que no es apto para el consumo humano. De esta manera el nivel de infecciones estomacales aumenta en un 40 por ciento entre enero y Marzo.
El hielo que llega hasta su boca hace un recorrido que a más de uno le causará una terrible infección. Los bloques de hielo con manchas negras traen mal presagio, éstos bloques son arrastrados, pisados, tirados al piso y luego trasladados a costalillos. De ahí van directamente hasta los vendedores de raspadillas.
En Lima, el Ministerio de Salud sólo ha autorizado a diez fábricas para vender hielo. Sin embargo, unas 90 sin autorización venderían el producto en condiciones deplorables. Este hielo industrial muchas veces se fabrica con agua de caño y en el peor de los casos con agua de pozo.
El agua para el consumo humano pasa por lo menos por cinco filtros de desinfección, éste proceso solo lo hacen las empresas autorizadas para elaborar este producto.
El hielo industrial es utilizado básicamente para enfriar gaseosas o cervezas, pero nunca para consumo humano. Una de las empresas que venden este producto es Taormina, que no tan solo se encarga de abastecer el mercado limeño sino también vender la raspadilla más costosa de la capital.
Esta empresa Garibay con toda una tradición de 40 años y jarabes de receta secreta hacen que los clientes formen largas colas para consumir el producto, pero grande fue la sorpresa cuando llevamos uno de las raspadillas para analizarlas.
El resultado de las pruebas arrojaron que éste producto traía consigo un mal sabor: un millón de bacterias que venían incluidas para calmar la sed del verano. Se encontraron gran cantidad de coliformes. Ahora sabemos cual es el éxito de las raspadillas.
¡PROVECHO CON LAS RASPADILLAS!